El
turismo, por un lado, y el patrimonio cultural y los museos, por otro,
constituyen dos sistemascon un importante grado de interrelación. Esta interrelación se da tanto en el plano
teóricocomo en el práctico, estando ambos planos igualmente
interrelacionados. Esa
interrelación no es reciente, si bien se puede
sostener que se ha venido consolidando desde la década de los 80 del
pasado siglo. Tras el colapso de la
economía fordista, en muchos territorios comienza a asentarse la idea de
impulsar y desarrollar el turismo a partir de sus especificidades
sociales, culturales y naturales. De este modo, el mercado
turístico-cultural comienza a expandirse, generalizándose en las dos
últimas décadas. Así, por ejemplo, en
Europa, a partir de finales del pasado siglo, se generaliza la
construcción de infraestructuras patrimoniales y museísticas, cuya
justificación viene dada principalmente por criterios turísticos y
económicos y no tanto por motivos culturales o educativos como se venía
haciendo.
Esta tendencia se ve favorecida por la globalización, la cual fomenta
el carácter mercantil y competitivo de muchas de las actividades humanas
–esta afirmación habría que matizarla, si bien no nos detendremos en
ella–, entre las que están los museos y el patrimonio cultural. En el caso de Europa, además, diferentes directrices y
fondos estructurales, aprobados por el Consejo de Europa y la Unión
Europea impulsan aún más la puesta en valor de los bienes culturales,
siguiendo justificaciones y criterios económicos. Construyamos
infraestructuras museísticas y patrimoniales, de esta manera hordas de
turistas culturales arribaran a nuestros territorios y así fomentaremos
el desarrollo económico.
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