¿De qué es “crítico” el pensamiento crítico? Es crítico de las
apropiaciones desiguales e injustas de todas las formas de la plusvalía,
desde las propiamente económicas hasta las expropiaciones simbólicas
ancladas en formas de producción, regímenes económicos, modelos o
sistemas políticos. Es crítico de los pensamientos naturalizados de los
dispositivos hegemónicos, es decir, de las figuraciones culturales que
legitiman asimetrías y ocultan las relaciones de poder sobre las que se
sustentan, que convierten diferencias en desigualdades y construyen
desigualdades como diferencias. Asimismo, de las construcciones
teórico-metodológicas con pretensión de neutralidad técnica, y del
tráfico de supuestos que descripciones presuntamente asépticas proponen
como datos indiscutibles. Ahora bien, el pensamiento crítico también es
crítico de los sentidos comunes de quienes buscamos enfrentar esas
hegemonías. No se trata de equidistancia alguna: el pensamiento crítico
toma partido, pero no cree –y vaya si tiene motivos para ello– que de la
toma de partido se derive alguna verdad o alguna obviedad indiscutible,
alguna religión intocable, alguna palabra que ya lo haya resuelto todo.
Y es preciso, al mismo tiempo, recorrer este camino en otra dirección:
la producción de conocimiento tampoco podría ser garantía absoluta para
la toma de partido, a no ser que busquemos (una vez más) fundar una
decisión en una “verdad” que habríamos sido capaces de revelar. Además,
las vidas de todos nosotros, incluyendo intelectuales, miembros de
movimientos sociales, de organizaciones populares, de izquierda, de
sindicatos, feministas, militantes y activistas de otros campos incluyen
dimensiones “religiosas”, en el sentido de lugares y personas sagradas,
referencias indudables y rituales que no se cuestionan. En este
sentido, el pensamiento crítico pretende detectar cuándo los lugares de
sacralidad devienen obstáculos epistemológicos y políticos. Porque nunca
renuncia a desplazar las fronteras de lo posible y de lo pensable.
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