El nombre en sí representa la gravedad del problema y por ello no se
ha dudado en calificarlo, de inmediato, como un acto atroz y perverso
que conlleva la devastación y destrucción de todo aquello que le rodea
al hombre y, por consiguiente, a la aniquilación del mismo ser humano.
En esto precisamente radica la preocupación fundamental, pues al
destruir su ambiente y los seres vivientes que en él se desenvuelven,
esto conduce a su propia destrucción. Lo subrayaba ya Jean Paul Sartre
en su Crítica de la Razón Dialéctica: la supresión del otro no sólo te
descubre, te convierte en asesino, sino te fija como tal. El homicidio
no está lejano del suicidio, sino que lo engendra. La toma de conciencia sobre el deterioro ecológico en general ha
llevado, por un lado, a la conformación de grupos pro defensa del medio
ambiente o contra la tala desmesurada de árboles, por el resguardo de
los bosques y de las selvas, en defensa de los animales, etc., y por
otro, al diseño e implementación de políticas ambientales por parte de
los gobiernos de algunos países y de organismos internacionales. Uno de
los documentos valiosos y fundamentales lo constituye La Carta de la
Tierra.
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