Cae de rodillas, llora, besa el suelo.
Avanza, tambaleándose porque lleva más de un mes durmiendo poco o nada, y
a golpes de espada derriba unos ramajes. Después, alza el estandarte. Hincado,
ojos al cielo, pronuncia tres veces los nombres de Isabel y Fernando. A
su lado, el escribano Rodrigo de Escobedo, hombre de letra lenta,
levanta el acta.
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